jueves, 12 de enero de 2017
lunes, 2 de enero de 2017
MENU RÁPIDO. EL PATRIOTISMO DE LOS PATRIOTEROS. Juan José Bocaranda E
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RÁPIDO.
EL PATRIOTISMO DE LOS PATRIOTEROS.
Juan José Bocaranda E
Si lo que voy a
decir son “cosas archisabidas”, ¿por qué la persistencia en los errores? Si los
errores persisten, es porque reinan la indiferencia y la oportunidad de la
pesca en río revuelto.
La esencia de la
política es una sola: el engaño. Y así viene desde el fondo de los tiempos,
cuando los primeros trogloditas políticos o políticos trogloditas, hicieron su
aparición y comenzaron sus bandolerías.
Y como se trata de
una esencia, permanece en sí, a menos que algún día de bendiciones para la
Humanidad, se transmute por obra de una profunda conciencia moral. Como esto no
tiene ni asomos de que vaya a ocurrir todavía, es preciso repetir hasta el
cansancio esas “cosas archisabidas” que justamente los políticos no querrían
que se mencionasen, como lo haré a continuación, aunque ello sea como arar en
el mar...En todo caso, cumplo mi pequeño papel de responsable...
He dicho-como
solían terminar las peroratas los viejos arzobispos...
El llamado PATRIOTISMO suele estar reducido a un
montón de frases bobas y de consignas fraguadas por los intereses, siempre
torcidos, de los políticos, que se aprovechan de la realidad para su propio
beneficio. Esfumado el palabrerío, la “patria” se ve en su real estatura de
escombros, de los escombros dejados por los aprovechadores, que se largan
millonarios del país al que han envilecido y arruinado. Los tontos útiles, la
“comida rápida” de los embusteros, quedan en el abandono, burlados como lo
tienen merecido por tanta imbecilidad.
Y así, ciclo tras ciclo, la rueda de la (mala) fortuna
en el tarot de los pueblos, que viven de los engaños porque les agrada ser
engañados. ¿Masoquimo ancestral o estupidez a ultranza?
...
¿Cosas “archirrepetidas”. Sí. Y eso es lo peor: que
sigan ocurriendo...
domingo, 11 de diciembre de 2016
HOMBRES DE CARÁCTER, POLI-ÉTICA Y POLI-ÉTICOS. Juan José Bocaranda E
HOMBRES
DE CARÁCTER, POLI-ÉTICA Y POLI-ÉTICOS.
Juan José Bocaranda E
Observación previa
Quien esto suscribe,
permanece en “la romana vieja” que incluía implícitamente tanto a los hombres
como a las mujeres, en el vocablo
“hombre”. Porque atendía al hecho de que, en una acepción abstracta, no se hace
referencia al sexo sino a la condición humana.
Por consiguiente cuando
en este artículo utilicemos el vocablo “hombre”, debe considerarse incluida a
la mujer.
***
1. En estos tiempos calamitosos donde todo parece
afectado por la inestabilidad más opresiva, es preciso rescatar de entre las
ruinas, lo que podríamos llamar “el principio de los principios”.
“El principio de los principios”
consiste, a nuestro modo de ver, en que todo ser humano que se precie de tal,
debe ser, básicamente, un sujeto consciente de que sin los principios,
carece realmente de humanidad,
porque le es ajeno el contenido valioso de lo espiritual y de lo racional y
porque es un ente vacío, simple cáscara
sin pulpa ni fruto.
Quiere decir que lo
valioso del ser humano no radica en el ser aparente, externo, sino en el ser
profundo, espiritual y moral, sin cuya subyacencia puede haber “hombres” o
“mujeres”, pero no “seres humanos” auténticos, plenos.
El hombre que exhibe la
televisión, abocado únicamente a un segmento del ser, no es un hombre completo.
Porque cuando se unilateraliza hacia el desarrollo meramente físico,
fortaleciendo los músculos, estirando la estatura corporal, haciéndose, por lo
menos aparentemente, fuertes y combativos, deja al margen otros aspectos del
ser humano pleno, sin cuya presencia el resultado deja mucho que desear.
Igual sucede con la
persona que se unilateraliza hacia el aspecto puramente espiritual: se
manifiesta como incompleto, porque el ser humano pleno toma en cuenta tanto el
desarrollo físico como el desarrollo espiritual.
2. El ser humano es una
“suma para la multiplicación”. Porque en él se conjugan la materia y el
espíritu, mas no para permanecer en sí, como simple suma, sino para
“multiplicarse”, para realizarse y expandirse hacia los demás seres, en los
valores y a través de los valores tanto espirituales como morales.
Es en este conjunto de
condiciones donde radica la dignidad humana, la razón de ser de la valoración
propia, del merecimiento del respeto hacia sí mismo.
Ser hombre, ser mujer,
en apariencia, puede cualquiera. Pero ser humano en y para la plenitud, sólo el
que “construya” y realice la dignidad.
3.Entendemos como
hombre de principios aquél que –parafraseando a Leonardo Da Vinci- avanza “fijo a una estrella”. Y esta
“estrella” es el conjunto armonioso de los valores espirituales y morales, de
las creencias plausibles, de las aspiraciones valiosas, de los ideales
inalienables que le otorgan al ser humano
estabilidad espiritual, moral y psicológica para que luche con firmeza y
dedicación por el bien y la justicia en pro de los demás.
4.Sin embargo, no basta
el ser: es necesaria la permanencia en el ser,
la permanencia en el propósito-valor; el sello de la permanencia en la
rectitud. Y para que haya la permanencia,
se precisa el carácter, cimiento de los principios.
La permanencia en los
principios implica la necesidad de que el ser humano que los posee y que los
vivencia, sea leal a los mismos, manteniéndose
tal como es, en todo momento, en toda circunstancia. Es un acto continuo
de lealtad a los principios, de fidelidad a los valores espirituales y morales,
sin esguinces, sin variaciones de conveniencia, sin modalidades ni acomodos
circunstanciales, sin pretextos en aras de intereses bastardos ni de
concesiones degradantes ni por miedo al ridículo o al qué dirán, pues porta
dentro de sí la línea recta e insobornable que le trazan los principios que es
incapaz de traicionar.
El hombre de carácter
no cambia con el ambiente, no se somete a condiciones ni exigencias capaces de
desviar sus miras y objetivos, ni altera su debida conducta, es decir, la
conducta que le indican sus deberes morales. Marcha en línea recta ascendente,
marcando siempre el acento de la realización de los valores que lo animan.
Busca, en todo momento, la esencia, no la apariencia. Y está consciente de qué
debe hacer, cómo y por qué, y lo hace.
El hombre de carácter
sabe que debe ser rectilíneo en los principios, pero también, que debe marchar
en zigzag para poder hallar la verdad. Porque la verdad no es hija de la
facilidad, sino producto de una labor afanosa e intrincada que tiene en cuenta
que sus piezas están dispersas, por lo
que hay que buscarlas y reunirlas para su reconstrucción.
El hombre de carácter
que porta el sello de la permanencia en los principios, germina la seguridad de
que los demás conseguirán en él lo que debe esperarse en razón de su lealtad a
los principios. Ello significa que el
hombre de carácter no rinde culto a la apariencia, no finge ni hace creer o
suponer que es lo que realmente no es. No juega con los conceptos ni con las
palabras. No claudica en lo piensa o cree. Es claro y manifiesta claridad y
firmeza en los propósitos, pues sabe adónde va, por qué y cuáles caminos
seguir. No acepta desviaciones, no pacta conla mentira, la traición o la
convenciencia. Manifiesta honradez tanto intelectual como moral, dispuesto a
defender en todo momento y circunstancia la verdad y la justicia. Por lo tanto,
si incursionase en la política, no sería político sino POLI-ÉTICO, es decir,
enfocaría y realizaría lo relacionado con la sociedad y con el Estado con una
rectitud a toda prueba, sin concesiones ni cortapisas de inmoralidad. Pero, esta clase de hombres está
reservada para el futuro, más lejos que cerca, cuando la Humanidad haya
ascendido de nivel, hacia lo moral y lo espiritual como guías supremas. Un
hombre de estas características no toleraría existir en este hueco negro,
profundamente asqueroso, que es la POLÍTICA y que seguirá siéndolo mientras no
se transmute en la POLI-ÉTICA que habrá de venir.
sábado, 26 de noviembre de 2016
EL ASCENDIENTE MORAL Juan José Bocaranda E
EL ASCENDIENTE MORAL
Juan José Bocaranda E
La propia
autoridad moral constituye el único refugio seguro contra la maldad, el crimen,
la mentira, la violencia, las traiciones, la ingratitud y la decepción. Porque
absolutamente ninguno de los efectos de esta clase de hechos, ni la esencia de
sus causas, ni sus circunstancias, logran penetrar al santuario de nuestro ser
interior, donde radica nuestro verdadero valer.
Nuestro ser interior, nuestro espíritu, la esencia de
nuestro ser verdadero, irreductible, inviolable, no permite el acceso de
elementos extraños, debido a su altura y a su profundidad, que se combinan.
Frente a nuestra realidad interna, no valen ni influyen, ni derriban, ninguno
de esos elementos que, como la envidia, la maledicencia, el odio, el
desconocimiento y la ignorancia, pretenden
o pueden pretender imponerse sobre nosotros, pues su cualidad negativa
resultará vencida por la cualidad de nuestra fuerza espiritual y moral.
Todo depende, en última instancia, de la estimación que
tengamos respecto a nosotros mismos, a nuestro ser interior; no de la opinión
de los demás, que casi siempre nos engaña, a diferencia de nosotros, que no
podemos engañar a nuestra interioridad aunque pretendiéramos hacerlo.
Si hemos obrado con consciencia, con la seguridad
insobornable de la rectitud de nuestro ser y proceder, avanzamos por la senda
segura de la verdad, cuya luz nos respalda en toda circunstancia y frente a
todos...
Si nos asalta la decepción porque recibimos
menosprecio e ingratitud de personas a las que hemos servido
desinteresadamente; si padecemos el acoso de nuestros enemigos y éstos lucen
victoriosos, mientras nosotros yacemos en el barro y la miseria, si se
posesionan del poder personas indeseables que imponen los desmanes, la injusticia, la mentira y el delito, nada
debe lograr que nos sintamos derrotados. Antes por el contrario, nuestra fuerza
interior, la seguridad íntima de que poseemos la verdad, la certeza de que
hemos procedido conforme al deber ser, harán que nos sintamos erguidos y
vencedores.
Para finalizar con algo concreto, que sirva de resumen
a lo expuesto, recurrimos al siguiente ejemplo: un amigo nuestro,
contemporáneo, siendo ya abogado, adoptó a un niño al que otorgó igual trato
que a los hijos biológicos. Pagó sus estudios en este país y, después, en el
extranjero, donde obtuvo un postgrado en Derecho. Cuando se estableció aquí,
comenzó por demandar a mi amigo, a quien logró despojar de varios inmuebles,
sin ninguna consideración y olvidando de quién se trataba, de aquél que lo
había librado de la miseria mediante la adopción. Abogado contra abogado.
Triunfó el demandante, y mi amigo salió derrotado en aquella contienda injusta.
Sin embargo, a pesar de la frustración, mi amigo supo recurrir a su ser
interior, a la fuerza moral de su recto proceder. Y me dijo:
Él ganó el pleito, pero yo vencí. Porque él obtuvo
bienes materiales por las leyes de los hombres, pero jamás podrá negar que su
proceder fue injusto y que obré conforme a mi más pura consciencia para
adoptarlo y para ayudarlo. No habrá forma ni
medio alguno que puedan borrar la deuda moral que tiene frente a mí. En
el fondo, él es mi deudor y yo soy su acreedor, por siempre, en este Mundo y
para el otro. Ese es mi fundamento
moral, mi patrimonio moral, mi ascendiente moral, que es insobornable y nadie me
puede arrbatar...
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